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domingo, 8 de noviembre de 2009

Estás enfermo

Por Jaime Bayly en Noviembre 8, 2009

Parecería comprensible que una persona mediocre sueñe con una vida mejor. Son pocas las personas que se saben mediocres y se resignan a serlo y encuentran un mórbido placer en sentirse fracasadas. La mayor parte no saben que son mediocres y creen que están pasando por una fase temporal de mala fortuna y están seguras de que pronto dejarán de ser mediocres (es sólo una mala racha) y tendrán el éxito que creen merecer (pero que no van a alcanzar). Esa pujanza de los mediocres suele ser el origen de las desgracias e infortunios que los hundirán en unas vidas aún peores de las que no estaban resignados a vivir.

Parecería menos comprensible que una persona exitosa (si medimos el éxito en libertad para hacer lo que te dé la gana) sueñe con una vida distinta y todavía mejor de la que ya vive. Las personas exitosas no ignoran que han descollado entre sus pares y suelen creer que merecen el éxito: soy famoso y hago lo que quiero porque me lo he ganado gracias a mi indiscutible talento. Es infrecuente encontrar a una persona que diga: no me explico mi éxito, no lo merezco, tiene que ser obra del azar, de la buena suerte.

Podemos suponer que la mayor parte de los mediocres sueñan con una vida exitosa y que la mayor parte de los exitosos sueñan con una vida aún más exitosa. Uno se pregunta quién es más peligroso, quién más odioso: si el mediocre obstinado en triunfar o si el exitoso inconforme y ávido de más recompensas. Ambas son enfermedades de nuestro tiempo, pero la primera parecería menos estúpida, porque quienes la padecen son un poco tontos, mientras que la segunda enfermedad es en cierto modo despreciable, porque quienes la padecen han elegido contagiarse de ella, se han enfermado a sabiendas porque se aburrían de estar saludables.

He notado que la gente famosa no sabe estarse quieta y quiere hacer con su vida una cosa distinta de la que ya hace tan bien y que además le ha procurado tan buen provecho económico. No entiendo por qué tanta gente tocada por la gracia y la fortuna no se queda tranquila con el éxito que ha alcanzado y trata de disfrutarlo un poco y a ser posible con discreción. Pero tal cosa no parece posible: los mediocres quieren una vida distinta (quién podría condenarlos) y los exitosos también (quién podría compadecerse de ellos), y en ese afán se les escapa a todos el sosegado goce de los días, el disfrute modesto de las pequeñas o grandes cosas que de momento se poseen.

Esta parecería ser la enfermedad de nuestro tiempo: la depredadora ambición de querer tenerlo todo y de inmediato y a cualquier precio, y cuando ya parece que lo tienes todo, querer ser otra persona todavía más exitosa, cambiar de oficio, demostrar que tu talento no tiene límites y que puedes triunfar en lo que te propongas. Tal conducta es cruel porque entraña una humillación a los mediocres, quienes repudian que los exitosos les machaquen que sus talentos son infinitos y que ellos, los mediocres, serán siempre infinitamente mediocres, incapaces de llegar a la cima y ponerse a hacer piruetas y acrobacias disparatadas. La venganza de los mediocres consiste en rechazar la insolente pretensión de que el éxito es una carrera infinita y pasar a detestar a los que antes admiraban. El mediocre termina odiando al exitoso a quien antes admiraba porque piensa: no permito que seas tan abusivamente exitoso, no permito que me humilles recordándome que tú tienes tantos talentos y yo ninguno.

A menudo nos dicen que si deseamos con tenacidad una cosa, el universo conspirará para que la consigamos y la conseguiremos. Lamento discrepar. Mi experiencia es que el universo conspirará, si acaso, para que no la consigamos.

No entiendo por qué somos incapaces de quedarnos tranquilos y agradecidos con lo que ya tenemos (que no es poco y suele ser más de lo que merecemos). Buena parte de los males que padecemos tienen su origen en esa enfermedad: la de no saber estarnos quietos y a gusto con lo que ya tenemos.

Como casi siempre queremos ser una cosa distinta de la que somos (lo que a menudo acaba convirtiéndonos en una peor), la muerte parecería un acto de justicia: no estabas contento con lo que tenías, pues ahora no lo tendrás más y serás algo distinto, un cadáver.

PD. El sábado 14 de noviembre presentaré mi novela El cojo .

Fuente: http://www.elnuevoherald.com/opinion/story/583350.html

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