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domingo, 22 de noviembre de 2009

“El Frente está jugando con fuego”

Félix Maradiaga — Máster en administración de políticas públicas

El partido de gobierno ha provocado una división de la sociedad que no hace más que atizar el fuego con violencia. Nicaragua está viviendo “la era de la intolerancia”, dice Félix Maradiaga, pero las elecciones del 2011 podrían ser el principio del cambio... sólo si la clase opositora cumple el reto de unos comicios transparentes

Por Martha Solano Martínez
domingo@laprensa.com.ni

Tal como lo ha demostrado, el orteguismo sólo sabe solucionar sus problemas a punta de piedra y garrote y lanzando a las calles a sus simpatizantes, dispuestos a todo con tal de acallar las voces que divergen.

El discurso manipulador del presidente Daniel Ortega encandila los ánimos de quienes se sienten menos, porque tienen menos, en contra de los “oligarcas”, los “neoliberales”, los “oligarcas” que según el Presidente son los responsables de todo.

Pero lejos de la lucha de clases, Félix Maradiaga, máster en Administración de Políticas Públicas (estudiado en Harvard) y catedrático de la Universidad Americana, sostiene que la única forma de lograr un avance en el país es a través de una transformación social profunda.

Los nicaragüenses están acostumbrados a la confrontación como mecanismo de salida a sus problemas. Eso viene desde los hogares, dice Maradiaga, desde el lenguaje que usamos y la forma en que nos comportamos.
La única salida que ve es combatir eso que ha llamado “era de la intolerancia” con su contrario, la tolerancia.

Pero ese cambio no podría ser tan fácil ante el dominio de las instituciones públicas en manos de un partido, el Frente Sandinista de Liberación Nacional, que según su origen tiene una forma bélica y confrontativa de ver las cosas difícilmente y de seguir las líneas marxistas-leninistas y fascistas con las que nació.
Por eso, en un intento desesperado de atacar, el vicecanciller Manuel Coronel Kautz arremetió contra Holanda, tras la visita del presidente de Internacional Liberal la semana pasada. Al final, Ortega no tuvo más que tapar la “metida de pata” de Kautz con un discurso en el que “denunciaba” un intento de golpe de Estado.

Sin embargo, la realidad es otra. “Nicaragua corre el riesgo de sufrir un golpe desde el Estado, como lo que pasó con la resolución ilegal de seis magistrados de la Corte Suprema de Justicia. Eso es un ejemplo de cómo se pueden dar golpes a la institucionalidad”, señala nuestro entrevistado.

::: ¿Qué tan real podría ser un cambio con el control que existe ahora en las instituciones públicas? ¿Cómo sería el panorama para las elecciones del 2001?

Yo creo que el panorama es oscuro porque el Presidente Ortega desde su primer día de gobierno renunció a asumir una condición de jefe de Estado y se ha comportado claramente como un jefe de partido político, como un caudillo.

El panorama es oscuro porque el Presidente Ortega ha tenido miopía al no reconocer la oportunidad histórica que los nicaragüenses pusieron en sus manos y más bien lo que ha hecho es reconfirmar exponencialmente los temores que siempre tuvimos de que volviera al poder.

Ese panorama es oscuro y podría cambiar hasta que asumamos una responsabilidad cívica de transformación de la sociedad desde los hogares, por muy romántico que parezca.

La violencia política en Nicaragua es un mecanismo que sigue en la forma de hacer política porque desde los hogares, los barrios, los centros de trabajo y el lenguaje, las actitudes violentas parecen seguir siendo un mecanismo predominante de las relaciones humanas en Nicaragua.

::: ¿Si tuviéramos que ponerle un nombre a la situación política del país, cómo le llamaría?

Yo le llamaría la “Era de la Intolerancia”, parafraseando al historiador británico Eric Hobsbawm, que decía que el siglo XX era el siglo de las transformaciones, pero el siglo XXI era el de las grandes intolerancias.

A Nicaragua siempre las corrientes llegan tarde y en este momento la corriente de la intolerancia nos está alcanzando.

Otras naciones de América Latina vivieron ya transiciones políticas. Una parte temprana de esas transiciones es la re-adaptación de la sociedad a aprender a jugar bajo el juego de la democracia y ese aprendizaje es difícil porque implica que la diversidad es una característica esencial. En Nicaragua ese valor no se arraigó en la primera etapa de la transición, a pesar de la tarea que quiso hacer doña Violeta (Barrios).

Cuando uno estudia las encuestas de finales del año 96 y se pregunta las razones por las que la población daba baja calificación a doña Violeta era porque era débil, igual a don Enrique Bolaños. Eso nos indica que hay algo fundamentalmente dañado en el imaginario colectivo nicaragüense en el que la tolerancia es sinónimo de debilidad porque la fortaleza reside en aquel que puede imponer su criterio sobre el otro.

::: ¿En qué momento comenzó eso?

Bueno, quizás el estudio más interesante al respecto es el libro de don Emilio Álvarez Montalván, sobre cultura política nicaragüense. Yo más bien me preguntaría, en qué momento renunciamos a querer replantear ese valor de tolerancia.

Existen dos episodios importantes, el primero, la revolución sandinista en 1979. Para el sandinismo no como partido, sino como movimiento, el primer planteamiento en la junta de gobierno tras la caída de Somoza fue el multipartidismo. Nicaragua tenía legalmente un sistema bipartidista desde 1923 hasta 1983 cuando surge la Ley de Partidos Políticos. Ésa fue una brevísima etapa en la que se plantea la necesidad de construir una tradición de tolerancia política, pero eso se rompe en la guerra civil y cuando Nicaragua forma parte de la Guerra Fría.

Hoy, leemos en los libros del general Humberto Ortega sobre la insurrección, y en el del doctor Sergio Ramírez, “Adiós Muchachos”, quienes reconocen que fue un error meter a Nicaragua en un contexto de la Guerra Fría porque básicamente no se aceptaba ningún planteamiento que fuera distinto al que planteaba el Frente.

El segundo episodio fue en 1990, en la transición. Fueron dos grandes oportunidades perdidas en las que Nicaragua pudo haber aprovechado esos episodios de transformación para pensar como sociedad en la necesidad de poner sobre la mesa nuestros antivalores y lamentablemente lo que vemos ahora es un apego a la tradición política de Nicaragua, que es la intolerancia.

::: ¿Y entre esos episodios ¿no incluiría el 2007, cuando se le dio el beneficio de la duda a Daniel Ortega, quien hablaba de “devolver las esperanzas” al país?

Yo creo que es una gran oportunidad perdida. Por dos razones. La primera, independiente de las reglas del juego, la reelección de Daniel Ortega fue un voto de confianza de una parte de la población como para que reivindicasen lo que muchos pensaron como mala administración en los años ochenta.

Lo otro que se desperdició es que ya había esfuerzos preliminares de tolerancia política. Esfuerzos con los que el Frente fue el principal beneficiario, pero desperdició la oportunidad al no reconocerlo. (Ortega) acusa a la oposición de débil, de miope por no haber tomado medidas políticas que le hubieran restado poder al sandinismo, sin embargo lo que ha sucedido es una actitud colectiva muy egoísta de los partidos, el sandinismo no es el único. Los partidos saben que con la intolerancia ganan más los partidos, pero pierde la sociedad.

::: ¿Qué tipo de simpatizante es el del FSLN?

No sería justo hacer una caracterización uniforme de todos los simpatizantes del FSLN como ciudadanos cautivados por un modelo autoritario y populista conducido por Ortega. De hecho, una reciente encuesta de M&R indica que al menos el 32 por ciento de sandinistas considera a Daniel Ortega autoritario y uno de cada cuatro miembros del FSLN desaprueba la gestión del Presidente.

Sin embargo, resulta paradójico que el FSLN es el partido que menos espacios ofrece para la disidencia. Eso indica que los simpatizantes del FSLN, para usar una frase de Andrés Pérez Baltodano, son quizás los ciudadanos nicaragüenses que mejor encarnan el pragmatismo resignado. A pesar de reconocer el perfil autoritario de Ortega, se resignan a reconocerlo como su representante por una suerte de nostalgia revolucionaria que sólo existe en una realidad fabricada en el imaginario colectivo del orteguismo.

Un dato desesperanzador sobre las posibilidades de que este sector de simpatizantes del partido de gobierno alcance algún nivel de capacidad reformista es el hecho de que, a pesar del bajísimo apoyo que recibe la Primera Dama —un mero 17,4% de popularidad—, una parte importante del partido estaría dispuesta a apoyarla como candidata presidencial en algún momento. Finalmente, es fundamental aclarar que el sandinismo de hoy no es el sandinismo de ayer.

Los iconos legendarios del sandinismo como Henry Ruiz, Dora María Téllez, Ernesto Cardenal, los hermanos Mejía Godoy, entre otros, han dado la espalda a Daniel. Del sandinismo de los ochenta, sólo queda un partido que se parece cada vez más al somocismo: un régimen dictatorial, personalista, familiar e intolerante.

::: ¿Entonces técnicamente la estrategia les ha funcionado?

Yo creo que es efectiva en el corto plazo, pero superficialmente. En el largo plazo lo que les está ganando es una serie de contradicciones de una amplia mayoría que, sin ser necesariamente favorables a la oposición, sí reconocen que la propuesta del orteguismo es algo que no les gusta.

Ese segmento de independientes se va a ir cada vez más radicalizando contra el Gobierno. Los independientes tienen un peso electoral en Nicaragua y son un segmento que, si bien no les parece la propuesta de la oposición, ven la propuesta del Frente sumamente partidizada que, a corto plazo, es ineficiente y superficial porque no está transformando desde sus raíces la cultura política del país hacia algo positivo, sino que lo que está haciendo Ortega es muy obvio.

La intolerancia va de la mano con la violencia y los más afectados son los más pobres. ¿Quiénes son los afectados por violencia de armas de fuego, arma blanca...?

::: ¿Y cuánto cree que podrían aguantar esos sectores?

Esos sectores van a aguantar esa intolerancia hasta que no les empiece a estallar en sus comunidades. Nicaragua se ha enorgullecido por ser el país más seguro de Centroamérica y el menos afectado por las pandillas, sin embargo, organizaciones como el Instituto de Estudios Estratégicos y Políticas Públicas, en un estudio reciente sobre violencia en Nicaragua, señala que el problema de las pandillas en Nicaragua se está agravando.

¿Quiénes son los principales afectados por el resurgimiento de los grupos delincuenciales en los barrios? Las mismas comunidades, los mismos barrios, los sectores que el sandinismo dice proteger.

El Frente, el partido de gobierno, está jugando con fuego porque cuando se le salga de control la manipulación de los jóvenes en conflicto con la Ley, va a ser muy tarde para Nicaragua.

El partido de gobierno tiene una fecha límite que son las próximas elecciones presidenciales (2011). Si en esas elecciones el Frente se arraiga a la decisión de no permitir elecciones libres, internacionalmente observadas y bajo reglas claras del juego, en ese momento la relación entre los que creen en la no violencia y los que sí creen se va a invertir.

::: ¿Qué oportunidad tiene la clase política que se hace llamar “opositora¨?

La oportunidad de las elecciones del 2011 consiste en utilizar todos los medios institucionales posibles para presionar al Gobierno a retomar las elecciones como mecanismo de solución de conflicto.

En Nicaragua las elecciones del noventa surtieron un efecto pacificador. Hemos demostrado que las elecciones pueden evitar pérdidas de vida y es un ejercicio que ayuda a retomar la ruta de la institucionalidad.

Tenemos parte de la oposición con conflicto de interés. Tenemos un sector que no ha querido reconocer su participación en el pacto, pero cada vez ese sector es menos influyente.

Ahora vemos que el señor (Arnoldo) Alemán ha reconocido -del diente al labio, creo yo- que él sería el principal perdedor de no reconocer que es importante articular una oposición legítima. Pero la legitimidad y la credibilidad de Alemán están comprometidas y eso da espacio a plantear una nueva propuesta de oposición.

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