Fuente; Aquinicaragua.com
El edificio, sede del Legislativo, estaba repleto de ciudadanos y sólo fallecieron seis guardias nacionales.
Juan de Meer
Nicaragua, un país gestionado como una hacienda, una dictadura familiar, una guerrilla, asaltos, secuestros, rescates y represión indiscriminada. Una espiral de opresión, pobreza y muerte. El rincón más olvidado del patio trasero de los EEUU en el final de la guerra fría.
Y el 22 de agosto de 1978, un grupo de 25 guerrilleros, la mayoría sin apenas formación militar, toman con facilidad el Palacio Nacional que además de sede del legislativo acogía a los más importantes departamentos gubernamentales. Era día de pleno, estaban todos los legisladores y además numerosos funcionarios y ciudadanos que habían acudido a realizar gestiones. Alrededor de tres mil personas, incluidos familiares del factótum Tachito Somoza. Tres obispos y dos embajadores centroamericanos hicieron de intermediarios, lograron un acuerdo que permitió la liberación de todos los presos políticos, la emisión de un comunicado del Frente Sandinista por la televisión y radio, 500.000 $ de los 10 millones inicialmente exigidos y salida franca por vía aérea al extranjero.
Los ciudadanos vitorearon a los guerrilleros camino del aeropuerto, García Márquez cubrió la noticia y Cortázar alabó la acción. Edén Pastora, el comandante Cero, puso en el mapa a Nicaragua y la lucha contra la dictadura somocista. La noticia, primera página de todos los periódicos, abrió todos los informativos de radio y televisión narrada como una hazaña y una gesta de hombres intrépidos contra unos desalmados que oprimían al pueblo. Y era cierto, la dictadura tocada y desatendida por la nueva administración de Carter, no resistió mucho más.
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